28 de octubre de 2012

¡En verdad que es ésta una hermosa región!



Si ustedes hacen la prueba y buscan qué entradas proporcionael término Heathcliff, se encontrarán con que la persona que más entradas merece es en realidad un personaje de ficción, el señor Heathcliff que, sin apellido conocido, reina en todas las páginas de Cumbres Borrascosas, y que fuera encarnado por Laurence Olivier en su día, hace unos años por Ralph Fiennes, y en 2011 por el muy polémico James Howson

Laurence Olivier (vía) como Heathcliff en el clásico de William Wyler.

Hace 5 años, la editorial Artemisa publicó esta nueva edición de Cumbres Borrascosas, con ilustraciones de Balthus para algunos de los capítulos iniciales y una nueva traducción y notas clarividentes e interesantísimas. Y puedo decir que el resultado es deslumbrante y sorprendente. No hablo tanto del tema, centrado en un romanticismo enloquecido y arrebatado (más que arrebatador a estas alturas), sino de la estructura, de la capacidad narrativa y riqueza en el punto de vista, y del implacable ritmo de la historia.


En el verano de 2011 un viaje de placer a Inglaterra me llevó a Yorkshire, tanto a Sheffield como a York. Aunque sé que es tierra dechanzas en su propio país no cabe duda de que es imaginable el carácter agreste de la tierra a la vista de su paisaje y clima. Nos planteamos llegar a Haworth, la casa de las hermanas Brontë, pero no pudimos, y nos quedamos así sin ver lo que esperábamos que sin duda nos recordara las tierras y corazones arrasados de Cumbres Borrascosas, la casa austera de los Earnshaw, donde el señor Earnshaw tuvo a sus hijos Hindle y Catherine, y adoptó a Heathcliff; donde Catherine y Heathcliff se enamoraron sin remedio, pero acabaron casándose con Edgar e Isabella Linton respectivamente, los hermanos vecinos de la granja más cercana, en una cadena de despechos, rencillas de clase y educación, venganza, derechos de herencia e hijos casaderos.

A mí sin embargo me interesa mucho más cómo se narra todo esto: la criada Ellen Dean, que lo ha sido tanto de Cumbres Borrascosas como de la granja vecina, cuenta a un nuevo hospedado cómo se desarrollaron todos estos acontecimientos, y le dibuja el terrible perfil del personaje de Heathcliff. Adopta para ello un punto de vista de narrador participante en la trama, que ha vivido y sufrido la misma, y que tiene interés en lo narrado. Para narrar aquellos episodios que no conoce, Ellen utiliza otros narradores que le contaron lo sucedido, y les da voz propia, o cartas que le enviaron. La narración se nutre de flashbacks (uno principal enorme, que viene a ser el cuerpo de la novela) y de intereses encontrados, que Emily Brontë usa para generar interés en llegar a conocer la situación actual de Cumbres Borrascosas.

Las notas hacen un sutil subrayado de las inspiraciones bíblicas y shakespearianas que alientan el texto. Pero el talentoso ritmo dramático de Brontë es propio y pionero: pasa por diversos delirios del romanticismo (amores imposibles, partos desgraciados, delirantes enfermedades por amor), crea clímax dramáticos usando elipsis y ambientación de terror ante la presencia e incluso la ausencia de Heatchcliff, y relaciona de manera envolvente una naturaleza ruda y severa, que exige una rutina laboral cotidiana exigente, con el carácter iluminado y desgraciado de sus personajes, manteniendo parcialmente el misterio y desvelándolo con elegancia. ¿Previsible? Tal vez, pero al contarnos el final desde el principio eso es algo que la narradora buscaba. Es, en fin, un texto excelente, cuyos 160 años de edad no se notan nada.

Emily Brontë (vía) ha superado la fama de sus hermanas escritoras gracias a Cumbres Borrascosas, aunque en su día Jane Eyre (de Charlotte Brontë) fuera más apreciada.














18 de octubre de 2012

Blutch x 3



Había acumulado con los años tres cómics de Blutch, un autor francés que el señor Ausente había recomendado con fervor en su blog, y rara vez deben despreciarse los consejos preferidos de este excelente experto en cultura popular. Los tres cómics en concreto son Péplum (1997), Velocidad moderna (2002), y El pequeño Christian (1998-2008). Leídos en apenas tres semanas, intercalando entre ellos dos novelas cortas, y en un mes de junio que me resultó bastante convulso, Blutch se me ha revelado como un autor polifacético en intereses, versátil en técnica, profundo en intenciones, interesantísimo en general.

Péplum, adaptación del Satiricón de Petronio, es la historia de un arribista que haciéndose pasar por hermano de un senador romano consigue tras múltiples avatares que le llevan por el imperio, convertirse en senador él mismo. Su devenir por la Roma imperial se desdobla entre lo mágico, lo soñado y lo real: viaja con el sarcófago de hielo en que reposa una escultura/mujer congelada, es protegido por un efebo irresistible para los poderosos, es atacado sexualmente por un grupo de mujeres mancas… Es inevitable que la llamada visual a lo (que a nosotros nos resulta) onírico para explicar la psique del imperio recuerden muy cercanamente al Satyricon de Federico Fellini; conceptualmente, creo útil para entender estos comportamientos desde nuestra racionalidad postfreudiana la lectura del ensayo El sexo y el espanto, de Pascal Quignard. Aunque en este libro no hay la posibilidad de disfrutar del blanco y negro del dibujo prácticamente expresionista de Péplum, de trazo firme que a veces se desquicia al representar el extraño espanto de muchas de sus escenas.


Velocidad moderna tiene otros referentes. Narra la historia de una bailarina, Lola, resuelta mujer pretendida por todos los que la rodean, comienza de manera realista con la proposición de una vecina que le propone convertirse en protagonista de su novela tras verla ensayar desde la ventana de su casa. A partir de ahí, el surrealismo se apodera de la función. Las calles de París se vacían, las dos mujeres son acosadas por un ejército de encapuchados, la casa de la escritora se conecta con la academia de baile de Lola y la casa del padre de la protagonista, donde esta descubre que su padre tiene una esclava sexual y que va a fiestas vestido de ropa interior femenina. Todos acaban en una fiesta en el otro lado de la ciudad a la que hay que acudir en barca porque París se ha inundado y… bueno, así explicado, de repente, parece que no hay tanto diferencia entre los embates que mueven al protagonista de Péplum y a la buena de Lola, aunque en Péplum lo mágico se funde y explica la realidad tamizada por la pátina de una antigüedad que no sabemos aprehender totalmente, mientras que el surrealismo de Velocidad moderna parece más bien una condena psicoanalítica de la modernidad, no lejana a Buñuel o a su discípulo Lynch, del que el cómic parece tomar la paleta de colores y un diseño de interiores pastel sórdidos. La impresión es la de cierto desespero en la búsqueda de un relato coherente, no sé si en la vida urbana actual, o, más universalmente, de la humanidad, sólo capaz de tener instantes lúcidos de una duración escasa en un conjunto existencial absurdo.


El pequeño Christian, sin embargo, es un cómic biográfico, o que podemos enmarcar en ese subgénero. Pero no es una novela gráfica, sino que son pequeñas historias basadas en la infancia de Blutch (de nombre verdadero Christian Hincker) en las que el autor nos descubre cómo la cultura popular impregnó su conocimiento del mundo durante su infancia. Su fascinación obsesiva por el cómic o el cine le hace utilizarlos para explicar su cotidianeidad infantil y preadolescente, con conciencia autoral de saber que expresa los resortes por los que se convirtió en autor de cómic. Todo ello sin desdeñar un fresco de imaginación infantil que muestra las relaciones con familiares, amigos y niños desde una perspectiva consciente pero desinhibidamente pop que hará disfrutar a cualquiera que recuerde una niñez en que tebeos y películas no encajaban con la realidad. ¿Referentes de nuevo? Pues… aunque los niños protagonistas no sean de la misma edad ni entorno, es difícil no pensar en Calvin y Hobbes, la brillante obra de Bill Watterson, aunque éste use el formato de tira gráfica y aunque la imaginación de Calvin sea directa y no proceda, como en El pequeño Christian, de fuentes culturales.

Blutch es el apodo de Christian Hincker (vía)

















8 de octubre de 2012

La disolución de los venenos


Pensó también en los pechos de Elisheva, que eran, quizá, los más hermosos que había visto en su vida, y en que las pocas ocasiones en que se los había visto se le había llegado a cortar la respiración, e incluso recordó que en una ocasión le había dicho a un confuso Mija que aquellos pechos serían la salvación de Shaul, porque si mamaba de ellos quizá se diluyeran los venenos que llevaba dentro.


Delirio, de Daniel Grossman, está lleno de momentos de esta fuerza orgánica, biológica. El tópico sobre Israel me hace atribuirlo a la obsesión por las raíces, la raza y la tierra que se les supone a los israelíes, algo que tan bien dibujaba Steven Spielberg en Múnich. Pero no puedo afirmarlo del todo. Esta novela obsesiva que cuenta el relato probablemente imaginario de un marido celoso sobre la prolongada aventura amorosa de su mujer con otro hombre es el primer libro que leo de David Grossman, novelista israelí, activo pacifista cuyo hijo murió en acción en el ejército y no por ello cambió sus convicciones. No recuerdo ahora mismo lecturas de otros autores de Israel.

En la narración de Delirio una mujer conduce hacia un destino desconocido a su cuñado Shaul, que va en el asiento de atrás con una pierna escayolada y que le va contando como su mujer lleva años viéndose una hora al día con otro hombre; le describe su vida, sus motivaciones y el dolor que todo ello le causa. Sin embargo, nunca ha hablado con su mujer del tema, nunca le ha seguido y apenas ha visto al otro hombre, un cliente de su mujer, una única vez. ¿Cómo sabe, entonces, todo eso? Parece que nos enteraremos, puesto que se dirigen al lugar donde su mujer se ha ido cuatro días de vacaciones, a descansar, en teoría completamente sola.

Más allá de las imágenes simples (el hombre escayolado que es en realidad un paralítico emocional) o las políticas que en cierto modo perseguirían a todo autor israelí (la necesidad de Shaul de tener un enemigo para seguir existiendo, el veneno interior por los horrores vividos y cometidos), Delirio es un ejercicio de creación e imaginación cedidos al poder destructivo pero fascinante y fabulador de los celos. Los celos delirantes de Shaul construyen un relato de doscientas páginas, son capaces de imaginar una vida, unas emociones e incluso un destino, en un turbulento martirio de amor que también arrastra a la cuñada chófer. En Delirio una novela consciente, la novela con que en realidad cada uno construye su propia verdad, se manifiesta dentro de la novela en sí. El ejercicio de comparación es inquietante, pues parece indicar que la invención que nos destruye interiormente es la más sólida creación que conseguimos hacer.

En Delirio sólo me chirrían un poco los momentos oníricos en que Shaul, adormecido, parece complementar su relato despierto con un componente subconsciente cuyo sentido entiendo, pero que creo irrelevante y que aporta poco al especial valor que tiene esta novela intensa, creativa y turbadora.

David Grossman (vía)